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Quien se acerca a la homeopatía, al menos en mi experiencia personal, lo hace la mayoría de las veces porque está cansado de la medicina oficial (alopática), de su bajo grado de resolución, de sus efectos secundarios, de la constante repetición de los episodios sintomáticos y porque algún amigo o conocido le ha animado a cambiar de terapia, le ha insistido para que visite a su homeópata –total, no tienes nada que perder con probar- y, al fin, este nuevo paciente acude y, lleno de escepticismo realiza el tratamiento, pero aún con un grado considerable de desconfianza, tanto que casi se sorprende cuando ve que ¡funciona! y entonces, estos nuevos pacientes, una vez pasado el tiempo de confirmar que efectivamente funciona, que no ha sido casualidad, están tan contentos como asombrados, y quieren leer sobre homeopatía, quieren conocer sus fundamentos, sus bases y quieren encontrar una explicación para eso que han comprobado que funciona y también quieren, a veces, tener argumentos para defenderse cuando el amigo o el compañero de trabajo (que aún no sabiendo absolutamente nada de la homeopatía se permite emitir juicios y opiniones), lo critica y/ó alude a la tan manida fórmula de eso es sugestión.

Empiezan entonces a pedirme bibliografía, quieren saber un poco de todo esto y también qué hay de verdad en ciertos tópicos de la homeopatía (¿se pueden tocar los gránulos con la mano?, ¿hay que usar una pasta de dientes especial?, etc., etc.) y quieren, en fin, tener unas nociones básicas con las que poderse manejar con estos medicamentos con una cierta seguridad, de la misma manera que saben, por ejemplo, qué pueden esperar al tomar una aspirina cuando lo necesitan.

Y es por todo esto, que un día decidí escribir esta pequeña introducción al conocimiento de este método terapéutico, que intenta dar respuesta a estas preguntas que se hacen quienes comienzan esta amistosa relación con la homeopatía.